miércoles, 9 de septiembre de 2009



CLIMA DE AMOR




Aunque era un día caluroso para los habitantes del pueblo parecía normal, ni siquiera sudaban. Mis amigos, por el contrario, se veían pegajosos, sus rostros transpiraban más que de costumbre, sus labios estaban resecos, y para completar, era la primera vez para muchos que visitaban Cocorná, un lugar que, según sus habitantes, tiene una temperatura
máxima de 25° pero que en el cuadro deprimente que mostraban los forasteros daba la impresión de ser el doble, claro exagero, pero como no hacerlo si les faltaba el humo para creer que se calcinaban.
La sombra era un pequeño tesoro que se encontraba bajo los árboles que decoraban la plaza; sin embargo el calor continuaba. La sensación no parecía agradable, a cada instante el rosa de las mejillas se tornaba más fuerte, como cuando una siente que la observan y la timidez la invade; pero aquí nadie era observado, eran los rayos del sol que hacían de las suyas.
Entre risas, quejidos, sudor, bloqueador y agua, el calor pasó a un segundo plano aunque sus efectos aún se percibían.
Las sillas, que se encontraban en el parque, eran el mejor lugar para ocultarse de la temperatura y descansar. En ellas se veían, principalmente, personas de la tercera edad y un niño que jugaba en la fuente que no tenía agua. De repente llegó un anciano y se sentó en una silla, no era diferente a los demás pero lo observe.
Su vestuario parecía viejo: la tela de su camisa amarilla comenzaba a verse transparente, su pantalón de color café no tenía horma, el sombrero era de paja, en fin, el resto no es necesario mencionarlo porque su sola presencia era de viejo. Sus arrugas no dejaban identificar las facciones de su rostro y el cuerpo delgado no mostraba ningún indicio de salud; además estaba sólo y su mirada mostraba que ni siquiera él estaba aquí. Bueno, no estaba sólo del todo, algunas moscas volaban sobre su cabeza y se posaban en el sombrero; pero él seguía sin estar aquí.
De pronto una sonrisa se dibujó en su rostro, y la mirada parecía haber encontrado lo que buscaba. Una mujer, una anciana como él, con menos arrugas pero con la misma sonrisa. Ella tenía un vestido sin colores definidos que caía un poco más abajo de sus rodillas, y su cabello, escaso y quebradizo, le llegaba hasta los hombros. Su mirada directa a los ojos del viejo.
Se sentó a su lado y tímidamente le tomó la mano. Trató de darle uno, dos y hasta tres besos pero no pudo; no porque él no quisiera sino que el sombrero le estorbaba, lentamente la anciana se lo quitó, y con la ternura que una madre besa a su hijo antes de dormir, ella acercó sus labios a la mejilla de él, cerró los ojos y lo besó. Luego, con una pequeña sonrisa, le colocó el sombrero.
Comenzaron a hablar mientras ella lo observaba y él miraba al vacío. Las moscas regresaron y ahora los sobrevolaban a los dos.
Una fotografía hubiera sido perfecta: una pareja de ancianos en la silla de un parque, rodeados de árboles con sus manos entrelazadas y una sonrisa en sus rostros, y algunas moscas volando desde sus cabezas a una pequeña mierda del lado y de la mierda a sus cabezas.
El sol no los hacía sudar, ni siquiera estaban sonrojados. Parloteaban y parloteaban y no necesitaban remojar sus bocas resecas, o tal vez sí, y ese sería el motivo que desencadenó el rose de sus labios y la consumación de un beso. Se miraron, sonrieron y otra vez comenzaron a parlotear.
Después de un rato, él se paró y sin besarla y se fue caminando al vacío que estaba observando mientras conversaban; y ella lo miraba mientras se iba. Al momento se levantó de la silla y se fue en dirección contraria, y de aquella fotografía perfecta solo quedaron: las sillas en el parque rodeado de árboles, las moscas sobre la mierda y el recuerdo de dos siluetas que lentamente se esfumaron.


Fotografía: www.espacioverde.org.mx/comunidad